16 mar. 2016

Uno de entrevistas

Últimamente mi relación con la sociología pasa únicamente por la puteada sistemática a las putas materias que me quedaron colgadas y en menor medida por la búsqueda y selección de personal. Esto último, debo decir, que ha sido de lo más divertido que me pasó en el último tiempo en un trabajo.
La elección a veces falla y esta que te voy a contar es una de esas veces, no porque haya elegido mal (sinceramente le pifio bastante), sino porque esta vez ya habían seleccionado por mí.
Uno de los gerentes me pidió si por favor podría entrevistar sin previo aviso y sin curriculum a una chica conocida suya. Le dije que no tenía ningún problema y ahí nomas, sin pérdida de tiempo, me apuró y me dijo: - “Buenísimo, ya está aca. Bajemos entonces así no la hacemos subir”.
Que flasheas me dije? 
La curiosidad me mató, entonces le pregunto: -Te parece? Mirá que en la recepción va a ser medio incómodo.
- No importa... Insistió.
Bajamos y la chica ni siquiera esperaba en la recepción, sino que tuvimos que ir a buscarla a la calle… literalmente.
Un par de pasos luego la veo y para mi sorpresa “la chica” era una Sra. entradita en años pero con aspecto jovial.
Unos minutos más tarde me dijo que había cumplido los 58 añitos, lo cual me pareció aun más raro, porque a decir verdad esperaba que esta chica, quien requería toda aquella movida de querusa, fuera más bien una pibita incómodamente gauchita, tal como supuse que deberían ser “las chicas” con las que él “trata”, cuando las describe en sus inverosímiles y sexistas historias, que por asquerosa casualidad escucho mientras hace alarde de su virilidad en alguna reunión que se arma en la cocina de la oficina.
Entramos a la recepción y el tipo intentó penosamente sentarse en los sillones más chetos e incómodos del mundo que estaban ubicados ahí mismo. Esos sillones ultra bajos a los que solamente mirás y ni en pedo te sentás, porque quedás todo dobladito, con las piernitas bien pegaditas a la carita.
Mi desconcierto empezaba a girar hacia la risa espasmódica, cuando observé que la zapan comenzaba a disputarle el poco espacio que le dejaban sus piernas extra-robustas y casi asfixiándose entre su propia fofez, me dijo: - “tenés razón es incómodo, vamos arriba”.
Subimos por el ascensor envueltos en una charla tan previsible y tan sinsentido como la charla del clima.
Una vez en la oficina nos sentamos los tres en la sala de reuniones y comencé la entrevista, mientras el gerenciador insistía en presenciar la misma con cara de perro mojado.
A falta de curriculum, le pedí que me contara a que se dedicaba y si actualmente trabajaba. Me contó que era cajera en un club, que era muy dinámica, que además tenía un trato muy bueno y muy cordial con el público, que siempre estaba abierta a nuevas posibilidades y que ahora buscaba un cambio, a pesar de que su hija trabajaba con ella en el mismo lugar. 
Que buen gesto pensé, mientras mi cerebro intentaba forzar la idea de que el gerente la había conocido en el club de barrio en el cual practicaba algún deporte, aunque la gelatinosa situación del sillón vivenciada instantes previos no ayudara.
La cosa marchaba bastante normal, a mi no me gustaba la idea de tomar una entrevista sin conocer aunque sea la parte de historia que cada uno cuenta de sí mismos en los curricumlums, pero tampoco parecía imposible. A su vez, él parecía aprobar todo lo que ella decía, incluso el asuntito de la hija, a quien parecía conocer también. Seguimos charlando un poco más le pregunté algunas pavadas más y sin caretearla demasiado me dijo que podía aprender pero no sabía mucho de lo que hablaba. La cosa estaba ya casi cerrada, no era la persona que estaba buscando pero le comenté que me ayudaría mucho si ella pudiera hacerme llegar su CV. Y mientras ella agarraba su carterota y casi salía de la oficina le comentaba que seguramente intentaría pedir alguna referencia. Entonces le pregunté: - ¿cómo se llama el lugar donde trabajás?
Sin pensarlo siquiera un segundo lanzó: - En el SHAMPOO de Recoleta.
El gran hombre de negocios la agarró del hombro y la llevó a la puerta, antes de que pudiera despedirme de ella.
La risa espasmódica estalló en mi cara y en mi cabezota y te juro que me duró un buen rato. Sólo después de que mis costillas dejaran de doler... Leeeenta y dulcemente se fue transformando en algo más, algo aún más divertido: este pequeño relato y porque no... en una futura extorsión. 


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